Olga: dejar la silla, cargar con el expediente
A Olga Lucía Romero Garci-Crespo le llegó una pregunta bastante menos cómoda que las que suelen hacerse en las reuniones partidistas

A Olga Lucía Romero Garci-Crespo le llegó una pregunta bastante menos cómoda que las que suelen hacerse en las reuniones partidistas: ¿qué tanto vale su proyecto político cuando tenga que defenderlo sin la presidencia de Morena Puebla?
La convocatoria para las coordinaciones municipales coloca esa discusión en terreno concreto. Según las reglas difundidas este 8 de octubre por la dirigencia nacional de Morena, los integrantes de los comités ejecutivos y las estructuras partidistas deberán renunciar para participar. La excepción prevista para alcaldes, síndicos, regidores y legisladores no se extiende a quienes ocupan esos cargos internos. Si Olga quiere entrar a la competencia por Tehuacán, tendrá que asumir el costo de dejar la dirigencia.
Y entonces empezará la parte interesante: conocer cuánto respaldo tiene Olga y cuánto corresponde al cargo que ocupa.
Porque una presidencia partidista abre puertas, asegura interlocutores y vuelve importantes hasta las conversaciones más intrascendentes. La prueba llega cuando se entrega la oficina y hay que comprobar quién sigue contestando el teléfono.
En su caso, además, la salida se ha convertido en una pequeña temporada de suspenso. El 4 de octubre, Morena Puebla negó que hubiera presentado su renuncia y rechazó que existiera un relevo formal. Ese desmentido obliga a distinguir entre los anuncios, las versiones y el documento que efectivamente acredite su separación. Las despedidas anticipadas podrán servir para medir reacciones; para dejar un cargo hace falta algo más que el rumor.
La militancia tiene derecho a conocer la fecha de salida, las condiciones del relevo y el balance de la gestión. Una dirigencia no debería clausurarse con una fotografía, un agradecimiento entre compañeros y la promesa de que ahora sí vienen cosas mejores.
Antes de pedir otra responsabilidad, Olga tendría que explicar qué hizo con la anterior.
¿Qué organización deja? ¿Qué conflictos ayudó a resolver? ¿Qué mecanismos de participación fortaleció? ¿Con qué resultados propios pretende presentarse ante Tehuacán?
Son preguntas elementales. Lo incómodo es que obligan a cambiar el discurso de las aspiraciones por el de las cuentas.
A ese examen se suma un asunto que no desaparecerá con una carta de renuncia: su participación en la disputa por la herencia de Socorro Romero Sánchez. El conflicto patrimonial y su aspiración municipal ya forman parte del debate público sobre su trayectoria.
Olga puede defender los derechos que considere tener ante los tribunales. Pero quien pretende gobernar tiene que explicar cómo mantendrá separados sus intereses particulares y las instituciones a su cargo. Esa explicación debe ser precisa, verificable y bastante más seria que pedir confianza.
Tehuacán merece saber qué propone para la seguridad, el agua, los servicios públicos y la administración municipal. También merece conocer qué compromisos asumiría para impedir cualquier intervención del ayuntamiento en sus controversias privadas.
El municipio tiene suficientes problemas como para que sus habitantes deban preguntarse cuáles asuntos ocuparían primero el escritorio de una eventual alcaldesa.
Ahí está el verdadero problema político para Morena. La discusión no puede agotarse en si Olga cumple el trámite para registrarse. Cumplir una condición de entrada no acredita capacidad para gobernar ni convierte una aspiración en una buena candidatura.
Una coordinación tampoco es una presidencia municipal anticipada. Entre levantar la mano, obtener una responsabilidad interna y convencer al electorado hay distancias que ninguna cercanía con el poder debería borrar.
Si el partido pretende respaldarla, tendrá que explicar por qué considera que su perfil ofrece la mejor respuesta para Tehuacán. Tendrá que hablar de resultados, capacidad y confianza pública. El argumento de que “le toca” sería una confesión bastante pobre para un movimiento que presume combatir los privilegios.
Y Olga deberá aceptar que la crítica no termina cuando se cambia de cargo. Las preguntas se mudan con el aspirante.
Por eso, su eventual renuncia merece menos ceremonia y más escrutinio. Habrá que revisar si entrega la responsabilidad, si permite un relevo efectivo y si compite en condiciones que puedan reconocer también sus adversarios internos.
Porque dejar la silla puede resolverse con una firma. Construir credibilidad exige bastante más.
Olga quiere que Tehuacán examine su futuro. Primero tendrá que soportar que examine sus resultados.
La renuncia abre la puerta al registro; no borra las cuentas pendientes con la militancia.
