El comité de chocolate
La llegada de Tony Gali sacudió el tablero político poblano. Hubo reacciones, posicionamientos y lecturas desde prácticamente todos los frentes.

La llegada de Tony Gali sacudió el tablero político poblano. Hubo reacciones, posicionamientos y lecturas desde prácticamente todos los frentes.
¿Y Olga Romero?
Ni pío.
La presidenta estatal de Morena volvió a pasar inadvertida justamente cuando debía demostrar que todavía representa algo dentro del partido. No fijó una postura relevante, no marcó agenda y tampoco mostró capacidad para conducir la conversación política.
Después se molestan cuando alguien los llama ‘comité de chocolate’.
Agustín Guerrero consideró irrespetuoso el calificativo. El problema es que la mejor manera de combatirlo no es haciendo gestos de indignación ante los reporteros, sino demostrando que existe una dirigencia con autoridad, estrategia y capacidad de decisión.
Porque la percepción que crece dentro y fuera de Morena es otra: que el Comité Ejecutivo Estatal conserva oficinas, membretes y cargos, pero cada vez menos poder.
Olga Romero llegó a la dirigencia durante el barbosismo. No porque representara una corriente propia ni porque tuviera detrás una estructura política particularmente poderosa. Llegó porque resultaba funcional para quienes realmente tomaban las decisiones.
Era dócil, predecible y fácil de conducir.
Después llegó Alejandro Armenta al gobierno y, cuando parecía inevitable la renovación de la dirigencia, la dejaron permanecer. No necesariamente porque la consideraran indispensable, sino porque difícilmente encontrarían a alguien más cómodo para administrar desde fuera.
Olga conserva la silla. Otros ocupan el poder.
Por eso regresaron a Agustín Guerrero a la vocería, convertido en una especie de Pedrito Sola de la política poblana: aparece, habla, se indigna y trata de defender un programa cuya producción parece encontrarse en otra parte.
Incluso circulan versiones sobre la cercanía y asesoría que mantendría con Rosario Orozco. Sería pertinente que el propio vocero aclarara esa relación, no porque una conversación política constituya por sí misma alguna irregularidad, sino porque en Morena Puebla ya nadie sabe con certeza a qué grupo responde cada integrante de su dirigencia.
El caso más evidente es Pablo Salazar.
Formalmente fue presentado como coordinador general de Delegados Territoriales. En los hechos, parece haberse convertido en el verdadero operador del partido: habla de candidaturas, atiende estructuras, recibe aspirantes, interviene en asuntos internos y ocupa espacios que deberían corresponder a la presidencia estatal.
La pregunta no es si recibió una credencial en Puebla. La pregunta es otra:
¿Bajo qué disposición estatutaria funciona esa coordinación?
¿Cuáles son exactamente sus facultades?
¿Ante qué órgano nacional fue registrado su nombramiento?
¿A quién le rinde cuentas?
¿Puede intervenir en la organización de los procesos relacionados con las candidaturas de 2027?
¿O se trata de una estructura política creada para operar por encima del Comité Ejecutivo Estatal?
También se asegura que alrededor de Pablo Salazar trabajan aproximadamente diez personas dentro de las instalaciones partidistas. Si esto es correcto, Morena tendría que informar quiénes son, qué funciones desempeñan, de quién dependen y de dónde provienen sus remuneraciones.
No es una pregunta menor.
Si el cargo de Salazar es partidista, debe conocerse el fundamento que le permite integrar un equipo propio. Si esas personas son pagadas por Morena, tendría que existir transparencia sobre sus funciones. Y si cobran en alguna dependencia pública mientras realizan actividades partidistas, la explicación sería todavía más urgente.
Mientras Pablo ocupa territorio, candidaturas y operación, Olga parece haber sido desterrada de su propia oficina, de su equipo y hasta de las decisiones que corresponden al cargo que presume.
Después llegó Claudia Hernández para controlar la comunicación. Aunque tampoco queda claro qué controla.
La comunicación de Morena Puebla se ha reducido, en buena medida, a reproducir materiales y mensajes enviados desde la dirigencia nacional. No existe una narrativa estatal consistente, una agenda política propia ni una estrategia capaz de reaccionar ante los acontecimientos relevantes de Puebla.
Hay coordinadora, pero no comunicación.
Hay vocero, pero no mensaje.
Hay presidenta, pero no dirección.
Y hay un coordinador de delegados que parece actuar como dirigente sin ser formalmente el presidente del partido.
Ese es el verdadero ‘comité de chocolate’: una dirigencia que se derrite ante el primer cuestionamiento, mientras las decisiones se toman en oficinas distintas y por personajes que nadie eligió para conducir Morena Puebla.
El problema ya no es únicamente Olga Romero. El problema alcanza a Ariadna Montiel y a la dirigencia nacional.
Si desde México permitieron que en Puebla se construyera una estructura paralela, deben explicar con qué finalidad lo hicieron. Si no conocen el nivel de descomposición y desplazamiento interno, entonces están perdiendo el control. Y si lo conocen y lo toleran, significa que Olga Romero ya solamente administra su propia irrelevancia.
Morena sigue siendo una marca electoral poderosa en Puebla, pero ninguna marca es invulnerable.
Mucho menos cuando su dirigencia estatal guarda silencio ante los temas importantes, se indigna por los apodos y permite que otros gobiernen el partido desde su propia oficina.
Olga Romero todavía aparece como presidenta.
La pregunta es si todavía preside algo.




