Charito fue a borrar a Olga
En política existe una regla que rara vez falla: cuando alguien comienza a perder poder, los primeros en tomar distancia son quienes juraban lealtad

El Confesor
En política existe una regla que rara vez falla: cuando alguien comienza a perder poder, los primeros en tomar distancia son quienes hasta ayer juraban lealtad. Eso parece estar ocurriendo con Olga Romero.
La dirigente estatal de Morena empieza a descubrir que el poder prestado tiene fecha de vencimiento y que las fotografías de ayer no garantizan los respaldos de mañana. El episodio más reciente tuvo como protagonista a Rosario Orozco Caballero, la viuda de Miguel Barbosa y actual diputada federal por Tehuacán. Rosario ha construido buena parte de su presencia pública alrededor del legado político de su esposo, un legado que algunos siguen invocando como si todavía repartiera candidaturas. En los corrillos políticos se dice que mantiene influencia, que opina sobre las decisiones importantes y que todavía habla como si las llaves del partido siguieran colgadas de su cinturón. Quizá sea cierto. O quizá simplemente sabe leer mejor que otros cuándo conviene cambiar de asiento antes de que el barco termine de hundirse.
La escena ocurrió en el propio Comité Estatal de Morena. Una conferencia de prensa con más sillas vacías que reporteros y con un interés mediático bastante modesto terminó produciendo el mensaje político más incómodo para Olga Romero. Rosario habló de reglas, de procesos y de encuestas, pero entre líneas dejó algo mucho más importante: la presidencia estatal de Morena no convierte automáticamente a nadie en candidata. Dicho en castellano, el cargo de Olga ya no impresiona a nadie. Fue una forma elegante de recordarle que tendrá que competir como cualquier otro aspirante y que el partido ya no gira alrededor de su oficina. Hay formas muy finas de mandar un recado. Esta fue una de ellas. No necesitó levantar la voz. Bastó con desmontar, frente a todos, la idea de que Olga tenía asegurada la candidatura de Tehuacán por el simple hecho de ocupar la dirigencia estatal.
La ironía resulta inevitable. Durante años Olga se presentó como parte del círculo barbosista. Se asumía heredera política, cercana a Miguel Barbosa y respaldada por Charito. Formaba parte de ese grupo que hablaba del “legado” como si también incluyera derechos sucesorios sobre el partido. Pero la política no reconoce herencias; reconoce correlaciones de fuerza. Y cuando esas fuerzas cambian, los apellidos pesan menos que las circunstancias. Hoy el armentismo ya construye su propia estructura, el viejo grupo perdió la centralidad que tuvo y quienes antes compartían fotografías con Olga ahora parecen más interesados en demostrar que pueden sobrevivir sin ella. Rosario no fue a abrazarla ni a fortalecerla. Fue a dejar claro que nadie tiene candidatura apartada y que la dirigente estatal tampoco ocupa un lugar privilegiado en la nueva ecuación política.
Quizá eso sea lo más revelador de toda la historia. Olga ya no enfrenta solamente el desgaste provocado por sus propios errores; ahora comienza a experimentar el fenómeno más cruel de la política: el abandono silencioso de quienes antes la presumían como aliada. Ayer era la “hija política”; hoy parece convertirse en un recuerdo incómodo. Ayer aparecía como una apuesta natural para Tehuacán; hoy hasta quienes compartían proyecto con ella consideran necesario recordarle, públicamente, que no tiene nada asegurado. Rosario habló poco, pero dijo lo suficiente para que todos entendieran el mensaje. En política, cuando tus antiguos padrinos dejan de promoverte y empiezan a ponerte límites en público, ya no estás construyendo una candidatura. Estás viendo cómo otros comienzan a escribir el capítulo siguiente… sin incluirte.
