¿Y si sí seguimos avanzando, nos podremos comportar mejor?
Hay una alegría desbordada, como seguramente la comparten la mayoría de las y los mexicanos con el desempeño de la Selección Mexicana

El Confesor
En El Confesionario hay una alegría desbordada, como seguramente la comparten la mayoría de las y los mexicanos con el desempeño de la Selección Mexicana. En estos momentos no existe otro tema que ocupe tantas conversaciones en el país como el futbol.
Alegría, ilusión, pasión y, sobre todo, la idea de pensar en grande y pasar del “sí se puede” al “sí, sí podemos”; es decir, dejar atrás un pensamiento meramente aspiracional para convertirlo en una convicción real.
Sin embargo, esa alegría que hoy se vive en todo México no puede desbordarse hasta convertirse en festejos irracionales, desordenados y carentes de sentido común.
El sentimiento de triunfo y esperanza, que muchos no experimentaban desde hace cuatro décadas —cuando México fue sede del Mundial de 1986 y la Selección Nacional llegó hasta los cuartos de final antes de ser eliminada por Alemania en la tanda de penales—, no puede terminar convertido en tragedia o en nota roja.
Las cuatro vidas perdidas, los destrozos al mobiliario urbano, a comercios y monumentos, así como las peleas campales registradas en distintos puntos del país, no pueden ni deben repetirse. A ello se suman las toneladas de basura que han quedado en las zonas donde se realizaron los festejos.
En Puebla, lamentablemente, este comportamiento tampoco ha sido ajeno. Semáforos derribados, jardineras destruidas, vehículos e inmuebles dañados, además de riñas y actos vandálicos, forman parte del saldo que han dejado algunos aficionados y, sobre todo, quienes utilizan el futbol como pretexto para actuar de manera irresponsable.
A ellos nos sumamos al llamado que ha hecho la presidenta Claudia Sheinbaum:
«disfrutar los próximos encuentros de la Selección Mexicana con respeto, responsabilidad y civilidad«.
Hay que decirlo con toda claridad: los malos aficionados no respetan ni a los rivales ni las reglas, dentro y fuera de la cancha. Con frecuencia terminan rompiendo el ambiente familiar y de convivencia que debe prevalecer en cualquier celebración deportiva.
El llamado es claro: no a la agresión, no a la violencia física o verbal y sí al respeto entre aficionados, sin importar los colores o la camiseta.
Esta también es una oportunidad para demostrarle al mundo nuestros valores, nuestra hospitalidad y la capacidad que tenemos como anfitriones para celebrar con alegría y responsabilidad.
Sigamos soñando con el corazón.
Pero también con madurez.
Pasemos del “sí se puede” aspiracional al “sí, sí lo vamos a lograr”, todos juntos, dentro y fuera de la cancha.
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