Olga Romero: patadas de ahogado
La dirigente estatal de Morena Puebla Olga Romero intenta regresar al tablero con movimientos de última hora

El Confesor
Hay políticos que entienden cuando el poder se mueve. Y hay otros que siguen actuando como si nada hubiera pasado, aunque ya les hayan vaciado la oficina, la agenda y la autoridad. Olga Romero Garci-Crespo pertenece al segundo grupo. La dirigente estatal de Morena Puebla intenta regresar al tablero con movimientos de última hora: vuelve a visitar colonias, vuelve a tomarse fotografías, vuelve a aparecer en redes, vuelve a buscar reuniones con el CEN y vuelve a vender la idea de que sigue teniendo control del partido. Pero en política no basta con aparecer. Hay que pesar. Y Olga cada vez pesa menos. Su problema no es de presencia, sino de poder. Puede caminar colonias, puede subir publicaciones, puede mandar mensajes de unidad y puede intentar mostrarse vigente. Pero lo que se comenta dentro de Morena es mucho más duro: la estructura ya empezó a moverse alrededor de Pablo Salazar Vicentello. Ahí está la señal.
Fuentes al interior del partido aseguran que una de las primeras acciones de varios cuadros fue ponerse al servicio de Pablo. Organizarle reuniones. Abrirle puertas. Acomodarse rápido. Mandar el mensaje de que entienden perfectamente quién trae hoy la encomienda real de operar el partido rumbo a 2027. Incluso se habla de un desayuno al que Olga no habría sido convocada. Ese detalle, en política, no es menor. A veces una ausencia dice más que un discurso. A veces no invitar a la presidenta formal del partido es la forma más elegante de decirle que ya no manda. A veces la exclusión no es descuido, sino recado. Y el recado parece claro: Morena Puebla ya tiene nuevo centro de gravedad.
Pablo Salazar no llegó a acompañar a Olga. Llegó a tomar las riendas de un partido que se cae a pedazos. Llegó a ordenar lo que la dirigencia no ordenó. Llegó a construir la estructura que no existía. Llegó a operar lo que Olga nunca pudo echar a andar. La versión más fuerte en los pasillos morenistases todavía más simbólica: Pablo ya despacha en la oficina de presidencia. Si eso es así, la imagen es demoledora. La presidenta sigue siendo Olga, pero quien ocupa el espacio político es otro. Ese es el tamaño del vacío. Ese es el tamaño del desplazamiento. Y ese es también el tamaño de la desesperación.
Porque mientras todos corren a ponerse cerca de Pablo, dentro del partido también empiezan los celos, las molestias y los reacomodos. Se comenta que incluso Claudia Hernández, llegada hace más de dos meses para reforzar la comunicación, habría resentido el contraste: a ella apenas le hacen fiesta, apenas le reconocen formalmente, apenas le dan espacio; a Pablo, en cambio, varios ya lo ven como salvavidas, jefe operativo y repartidor futuro de oportunidades. Así es Morena cuando huele cambio. Todos corren. Todos se acomodan. Todos quieren estar cerca del que parece traer la bendición. No por convicción. Por cálculo. Porque muchos no están pensando en el partido. Están pensando en el huesito. En la candidatura. En la nómina. En la cercanía. En quedar bien con quien creen que puede salvarlos del naufragio.
Pero Pablo no llegó a repartir premios. Llegó a arreglar un desastre. Y ese desastre tiene nombre: Olga Romero. Durante su dirigencia, Morena Puebla no construyó una estructura sólida. No consolidó sinergia real con la militancia. No generó operación territorial profunda. No articuló al partido con el proyecto del gobernador. No logró convertirse en un factor de fortaleza rumbo a 2027. Al contrario. La dirigencia se fue apagando entre escándalos, pleitos internos, aspiraciones personales, conflictos patrimoniales y una presidencia estatal que terminó siendo más decorativa que operativa.
Olga pensó que todavía podía agarrar vuelo. Pensó que bastaba con regresar a colonias. Pensó que unas fotos podían borrar meses de desgaste. Pensó que un par de reuniones con el CEN podían regresarle oxígeno. Pensó que su cargo seguía significando mando. Pero ya no. El partido la está rebasando por dentro. Sus compañeros ya entendieron que el poder se movió. La militancia ya percibió que la operación viene de otro lado. Los grupos ya se acomodan con quien trae encomienda real. Y los que ayer le sonreían a Olga, hoy buscan quedar bien con Pablo. Eso no es casualidad. Eso es política.
Olga sigue negándose a ver lo evidente: sus maletas están en la puerta. Puede resistir unos días. Puede ganar una reunión. Puede forzar una fotografía. Puede fingir normalidad. Pero el proceso de sustitución ya empezó. No necesariamente en el acta. No necesariamente en el nombramiento formal. No necesariamente con una renuncia pública. Pero sí en los hechos. Y en política, los hechos pesan más que los papeles.
Pablo Salazar llegó para hacer lo que Olga no hizo: construir partido, ordenar estructura, hablar con operadores, activar territorio y preparar a Morena Puebla para una elección donde el gobernador Alejandro Armenta necesita resultados, no excusas. Ese es el fondo. El gobernador no puede darse el lujo de llegar a 2027 con una dirigencia decorativa, una presidenta cuestionada y un partido que no camina. Por eso la operación se movió. Por eso los cuadros se acomodan. Por eso la oficina cambia de dueño político aunque el letrero todavía diga otra cosa.
Olga no está viviendo un regreso. Está viviendo sus últimas patadas de ahogado. Y eso la vuelve más visible, sí, pero también más frágil. Porque quien se mueve demasiado cuando ya perdió el control solo confirma que está desesperado. La nueva fuerza política del estado empieza a tomar forma. No alrededor de Olga. A pesar de Olga. Y en menos de lo que canta un gallo, ella y su grupo tendrán que entender lo que Morena Puebla ya empezó a asumir en silencio: el ciclo terminó. La dirigente sigue sentada. Pero el partido ya se levantó de la mesa.
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