Olga se desmorona

Dicen que en política las lealtades se demuestran antes que las capacidades. Y quizá ahí empezó el verdadero problema de Olga Romero

Olga Romero

El Confesor: Olga se desmorona

Dicen que en política las lealtades se demuestran antes que las capacidades. Y quizá ahí empezó el verdadero problema de Olga Romero, conocida en los pasillos políticos como Monina.

Su historia no parece estar marcada por grandes resultados, sino por oportunidades que otros le pusieron enfrente. Primero fue Miguel Barbosa quien la inventó políticamente. Después, Alejandro Armenta le permitió continuar al frente del partido más fuerte del país. El respaldo fue evidente. La confianza también.

Pero la confianza, en política, no es un cheque en blanco.

Olga tuvo en sus manos la posibilidad de alinearse con la ruta que hoy intenta empujar el gobernador: trabajo, resultados, territorio y cercanía con la gente. Pudo convertirse en una pieza útil para consolidar a Morena en Puebla. Pudo construir partido. Pudo ordenar la casa.

No lo hizo.

Mientras otros construían, Monina parecía ocupada en otra agenda. Una agenda más personal que política. Más familiar que institucional. Más patrimonial que partidista.

Los números de Morena Puebla nunca fueron precisamente su mejor carta de presentación. La operación se debilitó, la estructura se llenó de dudas y el partido empezó a mostrar señales de desgaste. Pero, al mismo tiempo, Olga dedicó buena parte de su tiempo, de su posición y de sus relaciones a una batalla personal por una herencia.

Una disputa donde, por cierto, las resoluciones judiciales y diversos reveses legales han dejado claro que la razón jurídica no siempre ha estado de su lado.

Ese fue el punto de quiebre.

Porque una cosa es tener un conflicto familiar. Otra muy distinta es convertirlo en una cruzada política. Y otra peor es que desde el poder se proyecte la percepción de usar una charola partidista para empujar intereses personales.

Ahí empezó a desmoronarse Olga.

También apareció su faceta de madre protectora. Sus hijos encontraron espacio dentro de estructuras del partido y de la administración municipal de Tehuacán. Mientras tanto, ella se convirtió en empresaria restaurantera: un negocio de mediano éxito y otro que, según comentan los propios tehuacanenses, parece más dedicado a exhibir sillas vacías que a recibir comensales.

La política perdona muchas cosas. Pero rara vez perdona la soberbia.

Y hoy, cuando se habla de la llegada de Pablo Salazar a la dirigencia, el mensaje parece claro: Morena Puebla necesita orden. Necesita operación. Necesita territorio. Necesita a alguien que llegue a levantar un barco que fue dejado a la deriva entre intereses personales, omisiones políticas y ambiciones mal administradas.

Pablo Salazar no representa un simple relevo. Representa una corrección política.

Un perfil con experiencia, con oficio, con trabajo probado y con capacidad para imprimir una dinámica distinta. Su llegada podría significar el principio de una nueva etapa para Morena en Puebla: menos simulación, menos capricho y más conducción.

Por eso la pregunta ya no es qué pasará con el partido.

La pregunta es qué pasará con Olga.

¿Podrá caminar sin los respaldos que antes le daba la dirigencia? ¿Podrá sostener su conflicto hereditario sin las facilidades que le ofrecía la charola de Morena? ¿Podrá seguir usando el discurso de la transformación mientras carga con una narrativa pública cada vez más incómoda?

Porque quizá su error más grande —o tal vez la señal más clara de que la suerte finalmente se le agotó— fue confundir el poder con patrimonio personal.

La imagen de órdenes de aprehensión promovidas en medio de un conflicto familiar, la referencia a adultos mayores de 87 años, dependientes de oxígeno, y la percepción de intentar despojar a una familia de su patrimonio terminaron por construir una historia muy distinta a la que Morena presume en sus discursos.

¿Cómo hablar de justicia social mientras se libra una guerra por una herencia?

¿Cómo hablar de pueblo mientras el poder se utiliza para resolver pleitos personales?

¿Cómo pedir lealtad cuando la prioridad nunca pareció ser el partido?

Olga se está quedando sin relato. Y en política, cuando alguien pierde el relato, pierde también la capacidad de justificar su permanencia.

La política suele ser generosa con quienes reciben oportunidades. Pero también es implacable con quienes las desperdician.

Monina tuvo respaldo. Tuvo confianza. Tuvo partido. Tuvo estructura. Tuvo oportunidad.

Hoy lo que tiene es desgaste.

Y cuando la suerte se acaba, las lealtades verdaderas y los resultados son lo único que permanece.

Como dicen los que saben… Lo que viene, conviene!

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