El oxígeno que busca Olga

En política, cuando alguien pide una reunión urgente, no siempre busca acuerdos.
A veces busca aire.
Eso es lo que parece estar ocurriendo en Morena Puebla, donde la tensión interna ya no se puede ocultar con comunicados, fotografías ni discursos de unidad. Hace apenas unas semanas, el cambio en la dirigencia estatal parecía cantado. El movimiento estaba sobre la mesa, los grupos lo sabían y la lectura era clara: el ciclo de Olga Romero Garci-Crespo al frente del partido estaba entrando en tiempo de descuento.
Pero México frenó.
Una vez.
Y luego otra.
El Consejo Estatal no caminó como se esperaba, el relevo quedó suspendido y la dirigencia ganó unos días de respiración artificial. No necesariamente porque tenga fuerza, sino porque en política las formas importan, los equilibrios pesan y los grupos todavía negocian quién se queda con la pieza.
La pregunta es si el freno vino por cuidado institucional o porque el gobernador Alejandro Armenta aún no tiene completamente amarrado el cambio a su favor.
Porque esa es la verdadera discusión.
Armenta tiene proyecto, tiene ruta y tiene claridad rumbo a 2027. Lo que no puede permitirse es que el partido se convierta en un estorbo. El gobernador necesita una dirigencia que opere, que articule, que sume y que acompañe su estrategia territorial; no una presidencia estatal que sobreviva de pausa en pausa, sostenida por la falta de acuerdos y no por su capacidad política.
En ese contexto aparece la versión que circula en los pasillos del CEN: Olga Romero insiste en reunirse con la dirigencia nacional de Morena.
Busca acercamiento.
Busca ser escuchada.
Busca tiempo.
Busca oxígeno.
La reunión, dicen, podría darse esta misma semana. Y el mensaje que llevaría no es difícil de imaginar: pedir aire, pedir vigencia, pedir que no la bajen todavía del tablero.
Pero el fondo no parece ser el amor al partido.
Si algo ha demostrado Olga Romero es que el poder partidista le quedó grande. No construyó una dirigencia fuerte, no consolidó una operación territorial propia, no generó autoridad interna y no logró convertirse en un activo natural rumbo al proceso de 2027.
Su insistencia en mantenerse no parece venir de una vocación organizativa.
Parece venir de otra necesidad: seguir presente en el medio político para conservar margen de influencia.
Y ahí aparece el otro expediente que nunca se separa de su nombre: la herencia de Socorro Romero Sánchez.
Olga carga con una disputa patrimonial de años. Un pleito que la ha desgastado, que la persigue en la opinión pública y que coloca bajo sospecha cualquier intento de usar la posición partidista como plataforma de presión o influencia. Ese es el punto que el CEN tendría que mirar con lupa.
Porque una cosa es cuidar la estabilidad interna de Morena.
Y otra muy distinta es darle alas a una dirigente cuyo desgaste ya contamina al partido.
El problema de Olga no es solo que quiera quedarse.
El problema es para qué quiere quedarse.
Si la dirigencia estatal se usa para operar el partido, bienvenida la discusión. Pero si se utiliza para conservar reflectores, construir blindajes, tocar puertas institucionales o influir en asuntos personales, entonces Morena tiene frente a sí un riesgo político y ético.
Y ese riesgo le pega directamente al proyecto del gobernador.
Alejandro Armenta está obligado a ordenar su tablero antes de 2027. No puede llegar al proceso con una estructura partidista sin mando real, con una presidenta cuestionada y con un partido dividido entre quienes quieren operar territorio y quienes solo buscan sobrevivir políticamente.
Por eso la reunión que busca Olga no debe leerse como un gesto menor.
Es una maniobra de respiración.
Una apuesta para ganar tiempo.
Un intento de convencer a México de que todavía puede servir.
Pero la política tiene una regla implacable: cuando alguien necesita explicar demasiado por qué debe quedarse, es porque su salida ya está instalada en la conversación principal.
Morena Puebla necesita aire, sí.
Pero no necesariamente el mismo aire que pide Olga.
El partido necesita oxígeno nuevo, conducción real, operación territorial y una dirigencia alineada con el proyecto que encabeza el gobernador. Necesita cerrar los frentes internos antes de que se conviertan en facturas electorales.
La pregunta para el CEN es sencilla: ¿van a darle vida artificial a una dirigencia agotada o van a permitir que Puebla llegue a 2027 con una estructura a la altura del gobernador?
Olga puede pedir tiempo.
Puede pedir reunión.
Puede pedir otra oportunidad.
Pero el reloj político ya empezó a correr.
Y cuando en política alguien sobrevive solo porque todavía no se ponen de acuerdo para quitarlo, su permanencia deja de ser poder.
Se vuelve trámite.




