Cuando el río suena en Morena

EL CONFESOR
Por Ismael Bermejo
En el confesionario sabemos que en política, pocas cosas desgastan más que tener que salir a negar constantemente lo mismo.
Por eso llamó la atención que, en días recientes, la dirigente estatal de Morena en Puebla, Olga Romero Garci-Crespo, utilizara una rueda de prensa para intentar desactivar versiones sobre su futuro político y su relación con el entorno de poder estatal. Más aún cuando, poco después, el propio gobernador Alejandro Armenta minimizó el tema asegurando que se trataba únicamente de rumores.
El problema es que, en política, los rumores no aparecen de la nada.
Y mucho menos cuando comienzan a repetirse dentro del mismo sistema.
Porque si algo empieza a instalarse en distintos espacios de Morena es una percepción incómoda: Olga Romero dejó de ser un activo político y comenzó a convertirse en un factor de desgaste.
No necesariamente por confrontación abierta.
Peor aún: por desconexión.
Dentro del partido hay quienes reconocen que la dirigente nunca terminó de consolidarse como una figura fuerte. Su liderazgo no logró articular grupos, tampoco construir una operación política sólida y mucho menos convertirse en un puente efectivo entre el gobierno estatal y la estructura partidista.
Eso, en un momento ordinario, sería administrable.
El problema es que Morena no está entrando a una etapa ordinaria.
Rumbo a 2027, el partido necesitará orden, operación territorial y perfiles que sumen, no figuras atrapadas en litigios, polémicas y desgaste interno.
Y ahí es donde el nombre de Olga Romero comienza a generar ruido.
Porque mientras Morena intenta construir una narrativa de gobierno, estabilidad y continuidad, la dirigente aparece cada vez más asociada a conflictos patrimoniales, disputas judiciales y cuestionamientos sobre el uso político de relaciones institucionales.
La pregunta ya no es jurídica.
Es política.
¿Le sirve hoy Olga Romero a Morena?
Y más aún:
¿le sirve al gobernador?
En distintos círculos políticos comienza a repetirse una lectura cada vez más frecuente: Olga Romero no forma parte del núcleo político cercano al mandatario y su permanencia al frente del partido respondería más a un equilibrio temporal que a una apuesta de largo plazo.
Eso explicaría por qué, cada vez que el tema escala, la defensa institucional luce tibia, limitada y cuidadosamente medida.
Como si dentro del sistema ya existiera claridad sobre algo:
que el ciclo político de la dirigente podría estar acercándose a su límite.
Por eso no resultan casuales las versiones sobre una posible salida “ordenada”, una reubicación política o incluso la posibilidad de enviarla a competir territorialmente en escenarios complejos como Tehuacán.
Pero ahí aparece otro problema.
Porque incluso en ese municipio, donde Morena necesitará perfiles competitivos y capacidad real de operación, las dudas sobre su rentabilidad política son constantes. No hay crecimiento visible, no hay arrastre consolidado y tampoco se percibe una estructura propia capaz de sostener un proyecto sólido.
Entonces la pregunta se vuelve inevitable:
si Olga Romero no termina de consolidarse en el partido, no forma parte del círculo político central del gobierno y tampoco parece fortalecer territorialmente a Morena… ¿cuál es realmente su proyecto?
Tal vez esa sea la razón de fondo por la que el tema no deja de crecer.
Porque cuando una figura política empieza a perder claridad sobre su futuro, el sistema comienza a moverse alrededor de ella.
Y en política, cuando el río suena tantas veces, normalmente no es por casualidad.
