La desesperación no anda en burro

La desesperación y el miedo no andan en burro. Al parecer, ahora traen credencial de Morena. Responden al nombre de Olga Romero, antes conocida como Mónica Caballero, o “Monina”, como tanto le molesta que le digan y como todavía la conocen en Tehuacán. Porque, por más que el cargo cambie el membrete, hay historias que ningún discurso alcanza a borrar.
Olga vive instalada en una realidad paralela. Una donde todavía manda, todavía decide y todavía basta una llamada para que funcionarios, fiscales o jueces se cuadren. Esa, al menos, es la imagen que intenta vender. El problema es que la realidad ya no le compra el producto. Cada día se aferra más a un poder que se le escurre entre los dedos, y cada fotografía confirma lo que ella insiste en negar.
También tiene una habilidad extraordinaria: apropiarse del trabajo ajeno. Llega el gobernador con obra para Tehuacán y, casi por arte de magia, la obra ya resulta gestionada por Olga, impulsada por Olga y entregada gracias a Olga. Si mañana llueve, no faltará quien piense que también fue una gestión de la dirigente. La propaganda tiene esas virtudes.
Solo hay un pequeño inconveniente: las fotografías no mienten. Al lado del gobernador aparecen Marco Balseca, Pedro Tepole, Omar Pérez, Alejandro Barroso y Rosario Orozco. Todos ocupando espacios visibles, todos construyendo estructura y todos moviendo piezas rumbo a 2027. Olga también aparece. Sí, pero cada vez más al margen, intentando convencerse de que ir atrás en la foto significa ir adelante en la sucesión.
Ella asegura que va en caballo de hacienda rumbo a una candidatura. El problema es que el caballo parece haber tomado otro rumbo. Mientras presume una fortaleza que ya pocos compran, la operación política comenzó a cambiar de manos. Pablo Salazar concentra decisiones, articula estructuras y suma liderazgos. Los mismos que hace unos meses hacían fila para saludar a Olga hoy buscan asiento en otra mesa. En política, la lealtad suele durar exactamente lo mismo que el poder.
Quizá por eso tanta prisa. Por eso las lonas. Por eso los recorridos. Por eso los hijos convertidos en brigada permanente de promoción. Por eso la necesidad de aparecer en cada evento del gobernador, aunque sea para colarse en la fotografía. Porque, cuando el liderazgo se debilita, la imagen se vuelve el último refugio de quien ya no controla la operación.
Olga está desesperada. Sabe que su ciclo al frente del partido terminó, aunque todavía conserve el membrete. Sabe que su grupo político se desmorona. Sabe que el poder efectivo ya cambió de domicilio. Y, sobre todo, sabe que sin cargo disminuye de manera considerable la influencia que durante años proyectó en la batalla judicial y familiar que ha definido buena parte de su vida pública.
Por eso no quiere soltar el hueso. No es por Morena. No es por Tehuacán. Mucho menos por la transformación. Es porque, cuando se apagan los reflectores y desaparece el cargo, Monina vuelve a ser simplemente Monina. Y, al parecer, ese escenario le produce mucho más miedo que cualquier crítica.
