OLGA Y BARROSO: DEL VETO AL PACTO POR EL HUESO
La historia entre Olga Romero y Alejandro Barroso podría dividirse en seis momentos, no es una relación de lealtades ni coincidencias

OLGA Y BARROSO- DEL VETO AL PACTO POR EL HUESO
En política no existen los enemigos eternos. Lo que sí existen son los intereses, los cargos y la desesperación por no quedar fuera del presupuesto.
La historia entre Olga Romero Garci-Crespo y Alejandro Barroso Chávez podría dividirse en seis momentos. No es una relación de lealtades, principios ni coincidencias ideológicas. Es la crónica de dos grupos que primero se estorbaron, después se enfrentaron y ahora pretenden repartirse Tehuacán.
En 2018 prácticamente no existía relación entre ellos. Barroso llegó a la diputación federal impulsado por el grupo de Ignacio Mier; Olga caminaba bajo la protección política y jurídica del entonces gobernador Miguel Barbosa. Eran parte del mismo movimiento, pero pertenecían a proyectos distintos.
En 2021 llegó el primer choque. Versiones de aquel proceso interno señalan que Olga operó para cerrarle a Barroso cualquier posibilidad de candidatura. Él terminó marginado, pero permaneció firme dentro del grupo de Nacho Mier. Pedro Tepole obtuvo la candidatura y ganó la presidencia municipal.
Tres años después, la historia volvió a repetirse.
Para 2024, Olga habría intentado ejercer el derecho de veto contra Barroso y también contra Tepole. Quería controlar la sucesión desde la dirigencia estatal, pero se encontró con algo que no pudo contener: la fuerza de Ignacio Mier y los números que colocaban al médico por encima de los demás aspirantes.
Barroso terminó como candidato.
Entonces Olga hizo lo que mejor sabe hacer cuando pierde una batalla interna: fingió que siempre había estado del lado del ganador. Guardó sus vetos, se tragó sus palabras y apareció respaldando al mismo personaje al que habría intentado sacar de la contienda.
La explicación puede encontrarse en la planilla.
Armando Zavaleta Romero, hijo de Olga, fue incluido como regidor y hoy forma parte del Cabildo de Alejandro Barroso. Así, la dirigente perdió la candidatura, pero conservó un espacio familiar dentro del Ayuntamiento.
No fue unidad. Fue negociación.
Pero la historia tuvo un sexto momento, todavía más revelador.
Olga y su hijo habrían intentado operar un cabildazo para obligar a Barroso a abandonar el municipio y quedarse con el control del Ayuntamiento. El plan consistía en que Armando Zavaleta Romero o el regidor Alejandro Flores absorbiera el cargo, mientras el grupo Romero-Caballero Garci-Crespo tomaba las riendas de la administración municipal.
Flores no sería un nombre casual. Es señalado como un amigo cercano del esposo de Olga, con quien habría compartido largas jornadas de convivencia y borracheras. La maniobra, de concretarse, habría convertido al Cabildo en el instrumento para consumar una sucesión familiar y política sin pasar por las urnas.
El objetivo era claro: sacar a Barroso, colocar a uno de los suyos y controlar Tehuacán desde el Ayuntamiento.
El cabildazo no prosperó, pero dejó al descubierto la verdadera dimensión de la disputa. No se trataba únicamente de una candidatura ni de una diferencia entre grupos. Se trataba del control directo del municipio, del presupuesto y de los espacios que podían garantizar la permanencia de los Romero-Caballero Garci-Crespo.
Ahora comienza el séptimo momento: 2026.
Barroso conserva reconocimiento y números superiores a los de Olga, aunque su administración todavía debe demostrar resultados. Ella, en cambio, aparece rezagada en los distintos ejercicios de medición, perdió control dentro de Morena Puebla y observa cómo otros grupos ocupan los espacios que antes presumía como propios.
La viuda de Barbosa ya le ganó terreno, Pablo Salazar la borró de la operación partidista y, según versiones que circulan dentro de Morena, en la dirigencia nacional tampoco la contemplan seriamente como candidata. Su pleito por una herencia millonaria dejó de ser únicamente un problema familiar y jurídico: se convirtió en una pesada carga política.
Por eso Olga necesita a Barroso.
Y por eso está dispuesta a acercarse al grupo de Ignacio Mier, el mismo al que combatió durante años.
Barroso aporta los números, la presidencia municipal y la estructura mierista. Olga pretende aportar la marca de Morena y los restos de una dirigencia que cada día controla menos. Él buscaría reelegirse; ella intentaría negociar candidaturas, regiduríaso cualquier espacio que garantice la supervivencia política de sus hijos.
Ese será el octavo momento: 2027.
La elección no se estaría planteando como un proyecto para rescatar Tehuacán, sino como una negociación para conservar el poder. Barroso quiere quedarse. Olga quiere seguir cobrando políticamente. Mier conservaría una plaza estratégica y los hijos de la dirigente podrían encontrar un nuevo acomodo.
La perversidad no está en que dos adversarios decidan dialogar. Está en pretender convertir al Ayuntamiento, al partido y a la ciudad en moneda de cambio para garantizar cargos familiares.
Olga y Barroso no se reconciliaron.
Primero intentaron quitarlo del camino mediante un cabildazo. Después entendieron que, si no podían quedarse con el municipio por la fuerza, tendrían que negociar con quien lo gobierna.
Simplemente descubrieron que, separados, alguno podía quedarse sin hueso.
Y juntos todavía pueden intentar repartirse Tehuacán.




