El florero y la convocatoria

La fecha se acerca.
Morena está por abrir el proceso que pondrá en juego coordinaciones, candidaturas y buena parte del poder rumbo a 2027. En Puebla las aguas no están calientes: hierven.
Todos quieren.
Todos pelean.
Todos aseguran tener respaldo.
Y ninguno tiene absolutamente nada seguro.
Pero entre tantos aspirantes hay una figura cuya mayor oportunidad quizá no sea ganar una candidatura, sino abandonar dignamente el cargo que ya perdió en los hechos: Olga Romero Garci-Crespo.
La convocatoria podría convertirse en la puerta que el gobernador Alejandro Armenta necesita para sacarla de la dirigencia sin cargar con el costo de removerla. Bastaría con permitirle competir, dejar que presuma una aspiración y despedirla con la cortesía reservada para quienes estorban, pero todavía sirven para la fotografía.
Porque Olga insiste en buscar algo.
Una presidencia municipal.
Una diputación federal.
Lo que aparezca.
El problema es que su estructura no alcanza, su imagen no crece y su operación política difícilmente le daría para ganar hasta la presidencia de su seccional.
Mientras Olga busca dónde acomodarse, Pablo Salazar ya se acomodó.
Llegó como coordinador, tomó la interlocución, comenzó a recibir grupos y rápidamente se convirtió en la persona a la que todos buscan dentro de Morena Puebla. Oficialmente, su nombramiento era honorífico y no pretendía sustituir a nadie. Eso dijo la propia dirigencia cuando fue presentado en junio.
Pero en política no importa únicamente lo que diga el nombramiento.
Importa quién recibe.
Quién promete.
Quién organiza.
Y, sobre todo, a quién reconocen los demás como jefe.
Hoy preguntan por Pablo.
Visitan a Pablo.
Negocian con Pablo.
Adulan a Pablo.
De Olga se acuerdan cuando hace falta completar la fotografía.
Pablo comenzó a construir en semanas lo que Olga no pudo levantar en años. Además, lo hizo desplazando operadores, reduciendo espacios y demostrando que para borrar políticamente a una dirigente no siempre hace falta quitarle el nombramiento.
A veces basta con quitarle el poder.
Olga continúa apareciendo como presidenta estatal de Morena, pero su dirigencia se parece cada vez más a uno de esos floreros costosos que nadie se atreve a tirar: permanece sobre la mesa, adorna los eventos y no participa en ninguna decisión importante.
La convocatoria puede resolver el problema.
Olga podrá decir que se va porque aspira a otro cargo.
Armenta podrá sostener que nunca pidió su salida.
Pablo podrá quedarse con una estructura que ya opera como propia.
Y Morena evitará reconocer públicamente que su dirigencia fue vaciada en un fin de semana.
Porque Olga podrá abandonar el comité.
Lo que difícilmente podrá abandonar es el recuerdo de una gestión gris, conflictiva e incapaz de construir aquello que Pablo comenzó a ocupar apenas llegó.
Fue borrada rápidamente.
Su ineficiencia, en cambio, tardará mucho más en desaparecer.




