LOS LOS OPERADORES Y LA DIRIGENTE DE PAPEL
Pablo Salazar y Uriel Figueroa ya fueron colocados en el tablero como piezas clave rumbo al proceso electoral. Aunque ambos aparecen bajo la etiqueta de operadores, no llegan por la misma puerta ni representan exactamente los mismos intereses.

LOS OPERADORES Y LA DIRIGENTE DE PAPEL
Pablo Salazar y Uriel Figueroa ya fueron colocados en el tablero como piezas clave rumbo al proceso electoral. Aunque ambos aparecen bajo la etiqueta de operadores, no llegan por la misma puerta ni representan exactamente los mismos intereses.
Uriel presume respaldo nacional para trabajar el territorio. Pablo, en cambio, aterrizó mediante una designación que el Comité Estatal prácticamente sacó de la manga, pero acompañado de una encomienda mucho más atractiva: convertirse en el puente con los aspirantes que el grupo en el poder quiera impulsar dentro de Morena.
En el organigrama quizá no mande. En los hechos, Pablo ya despacha, promete, negocia y se mueve como si fuera el verdadero presidente del partido. Incluso habría desplazado de las decisiones y de su propia oficina política a quien todavía conserva formalmente la dirigencia: la cada vez más gris Olga Romero Garci-Crespo.
Olga mantiene el nombramiento; Pablo parece tener el mando.
El problema para Pablo y Uriel no será recorrer municipios, organizar reuniones o tomarse fotografías con aspirantes. Su verdadera prueba será explicar cómo pretenden respetar los principios de Morena mientras representan intereses que inevitablemente buscarán acomodar a sus propios perfiles.
¿Podrán cerrarles la puerta a los arribistas, a quienes cargan antecedentes incómodos, a los priistas reciclados y a todos los huérfanos políticos que ahora se presentan como fundadores de la transformación?
Difícilmente.
Para fortuna o infortunio de la militancia, ninguno de los dos define por sí solo las candidaturas. Pero eso no impedirá que repartan sonrisas, promesas y falsas esperanzas entre quienes todavía creen que una fotografía, una reunión privada o una palmada en la espalda equivalen a tener asegurada una postulación.
La paradoja es que este vacío de conducción no existiría si Olga Romero hubiera utilizado su dirigencia para construir estructura, formar cuadros y fortalecer al partido. En lugar de eso, su gestión terminó rodeada de conflictos personales, señalamientos sobre posibles influencias y una permanente sospecha de que su prioridad nunca estuvo completamente dentro de Morena.
Hoy conserva el cargo, pero otros ocupan el espacio.
Pablo operará. Uriel recorrerá el territorio. Olga observará cómo la dirigencia se le termina de escapar de las manos. Mientras tanto, los aspirantes harán fila frente a oficinas que quizá prometen mucho, pero deciden poco.
Porque, al final, las candidaturas importantes no se resolverán en Puebla ni en las mesas donde algunos ya se sienten dueños del proceso.
Las decisiones de verdad se tomarán en la Ciudad de México, con la intervención de los grupos que sí tienen peso en el estado.
Lo demás será operación, simulación… y mucho ingenuo creyendo que ya fue elegido.




