LA ÚLTIMA RONDA

En Puebla cada vez son más los que aseguran que la factura de Mónica Caballero mejor conocida como Olga Lucía Romero ya viene en camino.

LA ÚLTIMA RONDA

EL CONFESOR

Toda borrachera termina. Algunas con una resaca. Otras con una factura política. Y en Puebla cada vez son más los que aseguran que la factura de Mónica Caballero mejor conocida como Olga Lucía Romero Garci-Crespo, o simplemente Monina, ya viene en camino.

Se escucha en los pasillos del poder, en oficinas gubernamentales, en los cafés donde se cocina la política poblana y hasta dentro de Morena: el chaleco guinda podría tener fecha próxima de devolución. No por disciplina partidista, no por renovación democrática y mucho menos por voluntad propia.

Simplemente porque la paciencia tiene límites y porque cada día resulta más difícil justificar una dirigencia que terminó utilizando al partido más poderoso de México para atender una agenda personal.

Porque si algo quedará como legado de Monina al frente de Morena Puebla no serán triunfos electorales propios, ni una estructura fortalecida, ni una militancia cohesionada.

Lo que quedará será la imagen de una dirigencia obsesionada con una herencia. Durante años Puebla escuchó la misma historia. La familia que no le da su lugar. Los parientes que no la reconocen. La fortuna que considera suya. Los juicios que nunca terminan. Los conflictos que siempre regresan. Lo curioso es que mientras lleva más de una década intentando convencer a una familia de que la reconozca, ahora intenta convencer a Tehuacán de que la conozca. Y en ambos casos los resultados parecen bastante parecidos.

Porque hay algo que resulta verdaderamente extraordinario. Pocas personas han tenido en sus manos una plataforma política tan poderosa como la presidencia estatal de Morena. Pocos políticos pueden presumir el respaldo de una marca electoral que arrasa en prácticamente todo el país. Pocos dirigentes tienen acceso a recursos políticos, mediáticos y operativos de ese tamaño. Y aun así, después de años encabezando el partido gobernante, Monina sigue teniendo problemas para construir una presencia sólida en su propia tierra natal. Es decir, tuvo en sus manos la dirigencia del partido más fuerte de México y ni así logró convertirse en una figura dominante en Tehuacán.

Eso no es mala suerte. Eso es talento político en sentido inverso. Y es aquí donde aparece una pregunta incómoda. Si después de tantos años de exposición pública todavía necesita explicar quién es, tal vez el problema no sea la falta de propaganda. Tal vez el problema sea otro.

Mientras tanto, la dirigente parecía más preocupada por convertir al partido en una extensión de sus conflictos personales. Morena dejó de parecer una organización política para convertirse en una especie de oficialía de partes donde todo terminaba conectado con herencias, juicios, litigios y disputas familiares. El problema es que cuando los intereses privados comienzan a confundirse con las responsabilidades públicas, el desgaste institucional es inevitable.

La situación alcanzó niveles particularmente delicados después del operativo utilizadopara detener a dos adultos mayores, un episodio que generó cuestionamientos dentro y fuera de Morena. Porque una cosa es aplicar la ley y otra muy distinta es proyectar la imagen de que el aparato institucional participa en una batalla que para muchos sigue teniendo un origen eminentemente patrimonial.

Pero la historia todavía tiene capítulos más curiosos. Porque mientras dirigía Morena, Monina también se consolidaba como empresaria restaurantera. Y aquí aparece otra de esas preguntas que recorren Puebla con una sonrisa irónica. ¿Cómo sobreviven restaurantes con inversiones importantes, permanentemente abiertos y que, según comentan muchos de quienes los observan, rara vez lucen llenos? Claro que nadie debe ser mal pensado. En Puebla somos personas serias. Seguramente existe una explicación perfectamente lógica.

Quizá por eso algunos sugieren que antes de intentar conquistar una presidencia municipal sería buena idea conquistar primero una mesa llena en hora pico. Al menos así alguien podría conocerla sin necesidad de una campaña electoral.

La contradicción tampoco termina ahí. Mientras Morena habla diariamente contra los privilegios familiares y las viejas prácticas de la política mexicana, la dirigencia estatal parecía bastante cómoda viendo cómo familiares y cercanos encontraban espacios dentro de la estructura partidista y de representación pública. Y mientras eso ocurría, uno de sus hijos comenzaba a destacar más por la producción constante de videos quepor resultados visibles de gobierno.

El problema para Monina es que Puebla cambió. Los tiempos también cambiaron. Ya no es la época donde ciertos grupos utilizaban las instituciones para construir poder político o para resolver cuentas personales. El modelo político que dominó durante años se agotó.

Por eso cada vez son más los que consideran que el relevo en la dirigencia estatal no es una posibilidad sino una cuenta regresiva. Porque la nueva dirigencia nacional tiene prioridades distintas. Porque el gobierno estatal tiene prioridades distintas. Y porque resulta difícil sostener una presidencia partidista cuando la conversación pública gira más alrededor de herencias, restaurantes vacíos, litigios familiares y campañas personales que sobre la construcción de partido.

Al final, la historia de Monina parece resumirse en una paradoja extraordinaria. Lleva años intentando entrar a una familia que no la reconoce y ahora intenta entrar a una presidencia municipal donde tampoco termina de ser reconocida. Dos batallas distintas. Un mismo resultado. Quizá el problema nunca estuvo en las puertas que se le cerraron.

Quizá el problema siempre estuvo en la manera de tocar.

Porque toda borrachera termina. Y en política, cuando el poder se utiliza para fines personales durante demasiado tiempo, la resaca suele llegar acompañada de algo peor que un dolor de cabeza: “el olvido”

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