Tres partidos, tres victorias y una falsa ilusión

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Por Ismael Bermejo

En El Confesionario existe la misma alegría, la misma emoción y la misma esperanza que hoy se vive en todo el territorio nacional gracias al desempeño de la Selección Mexicana en la competencia internacional de futbol que se disputa entre México, Canadá y Estados Unidos.

Y es que, ante la falta de alegrías colectivas y la constante división que durante los últimos años ha separado a los mexicanos entre buenos y malos, ricos y pobres, la noche de este miércoles ocurrió algo extraordinario: por unas horas olvidamos la economía, la inseguridad, la pobreza, la falta de oportunidades y, sobre todo, la presencia y operación de los cárteles en distintas regiones del país.

La polarización social está presente en prácticamente todos los sectores. La división entre “fifís” y “chairos” se alimenta diariamente y el discurso político parece profundizar aún más esa confrontación.

Por eso la alegría que se vivió hace unos días hacía tanta falta. Una alegría compartida por fifís y chairos, por ricos y pobres, por quienes viven en el norte, el centro y el sur del país.

Hay quienes sostienen que un partido de futbol no resolverá los problemas nacionales. Tienen razón. No llenará el refrigerador, no mejorará la seguridad ni hará desaparecer la desigualdad. Pero durante esa noche millones de mexicanos dejamos de lado nuestras diferencias para compartir un mismo sentimiento.

Lo que no debemos olvidar es que el futbol no sustituye las políticas públicas, no combate la corrupción ni devuelve la paz a las familias que han perdido a un ser querido. Sin embargo, posee algo que pocas cosas consiguen: la capacidad de reunir a millones de personas alrededor de una misma emoción.

En El Confesor insistimos en que vivimos tiempos difíciles. La violencia continúa arrebatando vidas, la incertidumbre económica preocupa a miles de familias, el sistema de salud enfrenta enormes desafíos, la polarización política divide conversaciones que antes unían y la confianza en las instituciones no atraviesa su mejor momento.

La lista de pendientes nacionales sigue siendo larga.

Precisamente por eso, las y los mexicanos necesitábamos una alegría. Y esa emoción llegó desde la cancha, con las actuaciones de Álvaro Fidalgo, Gilberto Mora, Mateo Chávez y las atajadas de Raúl Rangel, quienes regalaron una noche que muchos difícilmente olvidarán.

El sentimiento que hoy se vive en el país no significa olvidar los problemas, sino recordar que todavía somos capaces de emocionarnos juntos. Que aún podemos abrazarnos después de un gol sin preguntar por quién votó la persona que está a nuestro lado. Que todavía existen momentos capaces de recordarnos que pertenecemos a una misma nación.

La realidad volverá cuando concluya el torneo. Volverán los problemas cotidianos, el debate político, las diferencias ideológicas y las discusiones sobre el rumbo del país.

Pero, al menos por una noche, México volvió a sentirse unido.

Y esa también es una victoria que vale la pena celebrar.

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