Olga no se va, pero ya la borraron
Cuando no hay rumbo, alguien termina tomando las decisiones. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo en Morena Puebla.

El Confesor
Cuando no hay rumbo, alguien termina tomando las decisiones. Y eso es exactamente lo que está ocurriendo en Morena Puebla.
Alejandro Armenta entendió algo elemental: no puede llegar a 2027 con un partido desordenado, sin operación, sin estructura y con una dirigencia que existe más en las fotografías que en la realidad.
Por estatutos y equilibrios internos, el gobernador no ha podido hacerse formalmente del control del partido. Olga Lucía Romero Garci-Crespo sigue ocupando la presidencia estatal, continúa apareciendo en conferencias, firmando documentos y hablando como si todos los nuevos nombramientos fueran parte de una estrategia diseñada por ella.
El problema es que la política tiene una mala costumbre: siempre termina exhibiendo quién manda y quién solamente ocupa la silla.
Porque a Olga no la han removido.
Con paciencia.
Con método.
Con elegancia.
Pieza por pieza y área por área.
La razón es sencilla. Mientras Morena Puebla necesitaba conducción, ella parecía concentrada en otra cosa. Su prioridad no fue el movimiento, ni la estructura, ni la militancia, ni acompañar al gobernador, ni construir el territorio rumbo a 2027.
Su verdadera agenda, según la percepción que crece dentro y fuera del partido, fue la batalla por la herencia de Socorro Romero Sánchez.
Mientras el partido más grande del país requería operación política, la presidenta estatal parecía atrapada en una disputa patrimonial.
Mientras debía construir comités, cuadros y rutas electorales, terminó convertida en protagonista de un pleito sucesorio.
Resultó curioso observar cómo Morena se convirtió en un asunto secundario y la herencia familiar en una prioridad de tiempo completo.
Y todavía más dañina ha sido la percepción de que desde distintos espacios se abrieron oportunidades para amigos, familiares y personas cercanas.
La acusación política que hoy pesa sobre ella es devastadora: nepotismo, influyentismo y una administración patrimonial del poder.
Morena Puebla no necesitaba una presidenta ocupada en una herencia.
Necesitaba una dirigente ocupada en el partido.
Y como eso no ocurrió, comenzaron a llegar los relevos de facto.
Primero apareció Agustín Guerrero como vocero. Una decisión que dejó un mensaje imposible de ocultar: la dirigencia estatal ya no tenía voz propia.
Después llegó Claudia Hernández a Comunicación. Otra señal incómoda: Morena Puebla tampoco tenía narrativa.
Y ahora desembarca Pablo Salazar Vicentello para reforzar la estructura territorial.
Quizá ese sea el golpe más doloroso.
Porque Pablo no llega a fortalecer una maquinaria sólida.
Llega a construir la que nunca se edificó.
Llega a ordenar lo que debió estar ordenado desde hace años.
En términos simples, llega a hacer funcionar un partido que, en los hechos, llevaba demasiado tiempo operando en piloto automático.
Ese es el verdadero diagnóstico
Mientras Armenta necesita una maquinaria territorial al servicio de su proyecto y del de la presidenta Claudia Sheinbaum, la dirigencia estatal se ocupó de sobrevivir, administrar escándalos, alimentar aspiraciones personales y cargar con un litigio hereditario que nada tiene que ver con el movimiento.
Olga Lucía tuvo en sus manos el partido más grande del país y logró algo que parecía imposible: hacerlo pequeño.
Su atención estuvo en la herencia, en su frustrada aspiración por Tehuacán, en sostener una presencia mediática cada vez más artificial y en mantener una presidencia partidista cuyo peso político disminuía mes con mes.
Y, según sus críticos, también en beneficiar a un círculo de confianza antes que a la militancia que carga las lonas, toca las puertas y defiende al movimiento.
Ahí es donde se encuentra la molestia más profunda.
Porque mientras muchos militantes siguen esperando oportunidades, los espacios parecen circular entre los mismos apellidos y las mismas amistades.
Así no se construye un partido.
Así se construye una pequeña empresa familiar con logotipo guinda.
Por eso no hizo falta un manotazo ni una renuncia escandalosa.
La sustitución llegó de manera más sofisticada.
Llegó con nombramientos, operadores y decisiones tomadas desde otro centro de poder.
Agustín llegó porque hacía falta voz.
Claudia, porque hacía falta comunicación.
Pablo, porque hacía falta estructura.
La conclusión es brutal.
Si Olga tuviera conducción, no serían necesarios tantos refuerzos.
Si tuviera liderazgo, no harían falta tantos salvavidas.
Si tuviera control, nadie tendría que entrar a ordenar su casa.
Pero ella insiste en presentar cada movimiento como si todos se incorporaran a su proyecto.
Hay que reconocerle algo: el sentido del humor involuntario.
Porque nadie se sube voluntariamente a un barco sin rumbo, sin capitán y con la tripulación ocupada discutiendo testamentos.
Los nuevos operadores no llegan por entusiasmo hacia Olga.
Llegan porque Armenta no puede darse el lujo de llegar a 2027 con una estructura partidista secuestrada por la ineficiencia y los intereses personales.
Morena Puebla no puede enfrentar la siguiente elección con una dirigencia que suma menos de lo que resta.
No puede hacerlo con una presidenta arrastrando el conflicto de una herencia millonaria, con una figura desgastada en Tehuacán, con una operación territorial inexistente y con una comunicación improvisada.
Mucho menos con una presidenta que presume unidad mientras desde fuera le colocan a las personas encargadas de hacer aquello que ella nunca hizo.
El mensaje es brutal, pero evidente.
Olga sigue en el cargo, pero ya no controla el partido.
El poder real cambió de manos.
La toma de decisiones se movió.
La narrativa se movió.
La estructura se movió.
Lo único que todavía no se mueve es la silla que ocupa.
Y en política eso no es fortaleza.
Es simple trámite administrativo.
Olga puede insistir en que todos fortalecen su equipo.
Puede asegurar que se trata de incorporaciones honoríficas o de una muestra de unidad.
Pero la lectura es otra.
Cuando te mandan un vocero, significa que ya no tienes voz.
Cuando te mandan Comunicación, significa que ya no tienes narrativa.
Cuando te mandan estructura territorial, significa que ya no tienes partido.
Y cuando te mandan todo junto, la traducción es muy sencilla: ya no estás dirigiendo.
Te están sustituyendo sin decirlo.
Porque la política, cuando se ejerce con inteligencia, no siempre destruye públicamente.
A veces simplemente vacía de contenido los cargos.
Y eso es exactamente lo que está ocurriendo.
La dirigencia formal sigue ahí, pero la dirigencia real ya cambió de manos.
El problema para Olga es que la política no se mide por la oficina que conservas, sino por las decisiones que todavía puedes tomar.
Y las decisiones importantes ya no parecen pasar por su escritorio.
Podrán dejarla un tiempo más.
Podrán permitirle seguir firmando.
Podrán evitar la humillación pública y guardar las formas.
Pero el mensaje ya fue enviado.
Olga no se va, todavía.
Pero hace tiempo que comenzaron a borrarla.
Y quizá esa sea la forma más elegante, más fría y más cruel que existe en política para decirle a alguien que ya terminó su tiempo.
Porque hay cargos de los que uno sale por la puerta.
Y hay otros en los que simplemente un día descubre que sigue sentado, pero que el partido ya se fue sin avisarle.
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