El tiempo también se agota

Hay algo que el poder político nunca ha podido detener: el tiempo.

Y para Olga Romero ese reloj avanza cada vez más rápido.

El tiempo también se agota

El Confesor | El tiempo también se agota

Hay algo que el poder político nunca ha podido detener: el tiempo.

Y para Olga Romero ese reloj avanza cada vez más rápido.

Pero quizá la pregunta no sea qué ocurrirá cuando termine el proceso judicial.

La verdadera pregunta es otra.

¿En qué momento Mónica Caballero decidió volver a ser Olga Romero?

¿Fue una decisión estrictamente personal o coincidió con el momento en que comenzó la disputa por la sucesión de Socorro Romero Sánchez?

Durante más de tres décadas fue conocida como Mónica Caballero Garci Crespo. Con ese nombre hizo su vida, construyó relaciones y fue identificada públicamente. Después recuperó el nombre de Olga Lucía Romero Garci Crespo, y poco tiempo después comenzó una batalla judicial por una herencia que terminaría marcando toda su carrera política.

Esa cronología existe.

Y precisamente por eso las preguntas son inevitables.

Con el paso de los años, aquel litigio dejó de ser únicamente un conflicto familiar. Terminó acompañando cada etapa de su ascenso político y convirtiéndose en el tema que más ha definido su vida pública.

Mientras Morena necesitaba una dirigente concentrada en organizar al partido, fortalecer estructuras y preparar elecciones, Puebla observó a una presidenta cuya imagen quedó permanentemente vinculada a un expediente sucesorio.

Ese ha sido el verdadero costo político.

No corresponde a esta columna decidir quién tiene razón en el juicio. Para eso existen los tribunales.

Pero sí corresponde preguntar si una dirigente debió permitir que su principal legado político terminara siendo un litigio familiar.

También corresponde exigir que todas las instituciones involucradas actúen con absoluta independencia, sin excepciones y sin privilegios para ninguna de las partes. La confianza pública depende precisamente de que las resoluciones descansen en pruebas y en derecho, no en la cercanía política de quienes participan en un proceso.

Porque el poder tiene fecha de caducidad.

Los cargos terminan.

Las influencias cambian.

Las administraciones pasan.

Lo único que permanece son los expedientes y las resoluciones.

Quizá por eso el tiempo comienza a convertirse en el principal adversario de Olga Romero.

Porque llegará el momento en que ya no importará quién ocupe una dirigencia partidista, quién aparezca en las fotografías o quién conserve relaciones políticas.

Solo importarán las pruebas.

Y cuando eso ocurra, la historia dejará de escribirse desde el poder para escribirse, únicamente, desde el derecho.

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